Invasión, haitianización y fusión: origen ideológico y doctrinario, consecuencia de la masacre del perejil

Serie de publicaciones de artículo: 

República Dominicana y Haití: Entre la fraternidad y la doctrina del conflicto- parte 2 – Autor: Matías Bosch Carcuro

Subtítulo original: La macabra historia de la “invasión haitiana”.

nota de trujillo-matanza haitianos

El concepto de “invasión haitiana” con el que se han justificado políticas que atentan contra los esfuerzos de integración en América Latina y que son violatorias de la dignidad y los Derechos Humanos, no es obra del pueblo dominicano ni del pueblo haitiano, que convivieron y aún conviven en paz en muchos territorios y en las más difíciles condiciones.

El odio, el miedo y la sospecha entre ambas sociedades han sido cultivados al punto de ser una doctrina, de la cual se nutre un rentable negocio de las élites políticas, mediáticas y económicas -muchas veces indistinguibles una de otra como suele pasar en las sociedades dependientes y subordinadas, con oligarquías pequeñas y estrechamente fusionadas, supeditadas históricamente a las potencias.

Del lado este (República Dominicana) ese odio tiene un punto de origen histórico y también ideológico. Sobre el particular, es esclarecedor el informe que en 1931 redactó  Francisco Henríquez y Carvajal, ministro de Trujillo en Haití, dirigido a la cancillería dominicana. Rafael Leonidas Trujillo, militar entrenado por EE.UU. y jefe de la guardia creada en la ocupación, iniciaba entonces una larga tiranía sanguinaria de 30 años. Dice Henríquez y Carvajal:

“Lo que precipitó sobre nuestro país la gran masa de inmigrantes haitianos fue la realización parcial del postulado financiero que sirvió de base económica a la ocupación del territorio de la República Dominicana por las fuerzas navales norteamericanas. Ese postulado, no publicado, pero si perfectamente conocido, fue: ‘tierras baratas en Santo Domingo, mano de obra barata en Haití’. Y la conclusión: adquirir las tierras en Santo Domingo y trasegar hacia nuestro país la población de Haití. Ese plan empezó a ejecutarse, por un lado, con la fundación del gran central “Barahona”, y por otro, con la construcción de la Carretera Central; derramándose luego por todo el país agrícola, y en todos los oficios urbanos, la gran inmigración haitiana…”

Como se ve, las raíces de la inmigración masiva desde Haití venían señaladas en el reporte de Henríquez y Carvajal, y están en la economía neocolonial de la ocupación de Estados Unidos. Y al mismo tiempo, el informe deja el enfoque de “derrame” de la inmigración, a la que Henríquez en el mismo documento llama “ola invasora que luego en vano han querido contener las leyes y los reglamentos dictados no solo por los dominicanos que han ocupado en estas últimas décadas el poder;sino también por el mismo Gobierno Militar americano”.

La contradicción entre una “inmigración” traída como “mano de obra barata” por el postulado de una potencia ocupante y la noción una “ola invasora” sólo permite dos hipótesis: o quienes así hablaban, como Henríquez y Carvajal, eran faltos de recursos intelectuales, o la noción de “invasión haitiana” era ya un asunto doctrinario e ideológico de carácter naturalizado y posiblemente ya incuestionable, aun cuando se racionalizaran sus causas y características objetivas.

Pocos años más tarde, el tirano Trujillo llevaría a cabo la masacre de 1937, en la que se asesinaron a miles de haitianos que “invadían” territorio dominicano, pero todos en la zona fronteriza. No fue ultimado ni uno solo de los trabajadores haitianos de los ingenios de azúcar, en aquella época, principalmente de capital norteamericano. En 1933 mediante una ley, el sátrapa había iniciado la política de “dominicanización del trabajo”.

En 1939, en la graduación de estudiantes de Derecho de la Universidad de Santo Domingo, Trujillo pronunciaría un discurso de fuerte contenido nacionalista, que ahonda en la doctrina de “defensa” y “sobrevivencia” frente a la imagen del haitiano salvaje e invasor. Se hace ya manifiesto el concepto de “haitianización” como peligro para la “nación”:

“Si mis manos se han manchado de sangre, ha sido para salvar de la haitianización del país a la generación de ustedes. Dentro de cincuenta años, la ocupación pacífica del territorio nacional por parte de Haití significa para ustedes que los haitianos podrán elegir autoridades dominicanas, podrán poner y disponer, podrán mandar a Duarte y los trinitarios al zafacón de la historia y anular para siempre sus ideales y su abnegada lucha, los cuales no tienen ningún sentido para los haitianos.

Jóvenes dominicanos, en esa gente no se puede confiar, cuiden su país y con más ahínco después de mi desaparición del escenario político nacional. (…) No dejen que les invadan sus casas ni sus haciendas, ni su patria y mucho menos que se las arrebaten con argucias o con fuerzas”.

Uno de los más importantes intelectuales y funcionarios del régimen, Manuel Arturo Peña Batlle, es parte clave en las políticas y la doctrina anti-haitiana durante el trujillato. Se puede citar su discurso en la localidad fronteriza de Elías Piña en 1942, tres años después del discurso de Trujillo y a cinco años de la masacre. Ese discurso manifiesta un racismo en nada distinguible de la ideología nazi, pero a la vez con un abierto clasismo. Es el haitiano pobre, de la masa, el que trae problemas y al que hay que impedir inmigrar. Y su deformación es biológica, irreparable, una falla natural que lo hace insoportable:

“Después de largos años de alternativas y de constante labor logramos finalmente dejar solucionada, merced a la decisiva intervención del hombre que cumbrea nuestra historia contemporánea, la más vieja, difícil y complicada cuestión de Estado que haya ocupado jamás la mente y la atención de nuestros gobernantes: me refiero a la delicada cuestión fronteriza que desde 1844 nos dividió de Haití.

(…) No hay sentimiento de humanidad, ni razón política, ni conveniencia circunstancial alguna que puedan obligarnos a mirar con indiferencia el cuadro de la penetración haitiana. El tipo-transporte de esa penetración no es ni puede ser el haitiano de selección, el que forma la élite social, intelectual y económica del pueblo vecino. Ese tipo no nos preocupa, porque no nos crea dificultades; ese no emigra. El haitiano que nos molesta y nos pone sobre aviso es el que forma la última expresión social de allende la frontera. Ese tipo es francamente indeseable. De raza netamente africana, no puede representar para nosotros, incentivo étnico ninguno. (…) Hombre mal alimentado y peor vestido, es débil, aunque muy prolífico por lo bajo de su nivel de vida. Por esa misma razón el haitiano que se nos adentra vive inficionado de vicios numerosos y capitales y necesariamente tarado por enfermedades y deficiencias fisiológicas endémicas en los bajos fondos de aquella sociedad”.

El informe de Henríquez y Carvajal y el conocimiento de cómo funciona hoy el orden mundial, permiten ver que tanto “invasión” como “fusión” son mitos; que en realidad el contacto entre “tierra barata” y “mano de obra barata” es un gran negocio y que, como advertía el poeta nacional e historiador dominicano Pedro Mir, el verdadero problema puede estar en otro lado, especialmente en los intereses de quienes luego de la Independencia dominicana tomaron el poder y mientras se presentaban como nacionalistas y antihaitianos, perseguían la anexión del país a España o a Estados Unidos:

“Las luchas contra Haití representaron un doble papel: al mismo tiempo que frustraban o entorpecían las tentativas anexionistas, servían a la acción anexionista dominicana como bandera para reclamar ardientemente la injerencia extranjera, en base a una supuesta incapacidad del pueblo dominicano para sostener su soberanía, a pesar de las reiteradas y concluyentes victorias militares contra las huestes haitianas”.

Explicaciones como las de Pedro Mir develan algo muy importante: la doctrina del miedo y el odio a Haití encubre y sirve como distractor para la verdadera agenda de intereses y propósitos de la élite que conduce política y económicamente al país a poco tiempo de conseguida la Independencia.

En el caso de Trujillo se puede develar algo muy parecido. No sólo que mientras el tirano señalaba y acusaba en el inmigrante haitiano todas las posibilidades de “arrebatar” propiedades y derechos a los dominicanos, era él mismo quien se servía del poder estatal para convertirse en el gran monopolista de las actividades económicas, financieras, comerciales y sociales de la República Dominicana como verdadero monarca-propietario del país. Asimismo, bajo su mandato la política de “dominicanización del trabajo” funcionaba como un parapeto ideológico para obtener legitimidad entre la población siendo Trujillo el gran explotador de la fuerza de trabajo dominicana, y ser él y sólo él quien regulara la entrada de inmigrantes haitianos como mano de obra forzada para la industria del azúcar, continuando de manera sistematizada la política de la ocupación norteamericana. La política de “dominicanización” fue un excelente instrumento de domesticación y sometimiento de la fuerza de trabajo, junto a las políticas antisindicales y represivas que desarrollaba a lo interno.

En efecto, bajo Trujillo las cifras oficiales de inmigrantes haitianos establecidos decayeron de 52,657, en 1935 antes de la masacre en la frontera, a 19,193 en  1950, pero para volver a elevarse a 29,500 en 1960, al término su oprobioso régimen, volviendo a estar en los niveles alcanzados durante la ocupación norteamericana.

La lectura de la carta de Trujillo dirigida al funcionario haitiano Luc Fouché en 1957, permite ver cómo detrás de la doctrina del miedo y el odio nacionalista a la “invasión” haitiana, Trujillo había establecido una trama de corrupción y abusos para manejar tête à tête con el Estado haitiano una industria de trabajo forzado en el azúcar, en las condiciones más convenientes para él y su clan, sin reconocer derechos fundamentales a los trabajadores y sin permitir que la población dominicana viera la verdad de sus actos:

“Estimado Señor Fouché

(…) Pienso hoy que los resultados son bastantes concretos para que yo siga admitiendo cualquier tergiversación de parte de ellos. Dado que el señor Louis Déjoie domina completamente en el Consejo, él puede, sin dificultad, hacer que el acuerdo se cumpla. Mis necesidades actuales son de cincuenta mil trabajadores. Quiero que usted le haga comprender que si él duda  en satisfacerme, yo haré públicos sus antecedentes así como el original del recibo que él me firmó.

(…) Esperando que él realmente quiera llegar a las elecciones, la simple advertencia que usted le hará en mi nombre lo convencerá de la necesidad de mantener su palabra”.

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